CORAZÓN, CORAZÓN SONORO, TODO EN EL CAMPO ES MONEDITA DE ORO...
Publicado por: Jose Sant Rozon
José Sant Roz
Febrero 19, 2020
16-1-2020: salimos de Mérida en medio de un día asoleado, y viendo por todas las arterias que van al sur de la ciudad kilométricas colas para poner gasolina. Nos detuvimos a sacar un poco de efectivo del Banco de Venezuela que está en el Centro Comercial Milenio. Las taquillas están desiertas. Necesitamos algo de efectivo para poder comprar en Lagunillas unas panelas para el consabido trueque que hacemos, en cada viaje, por otros alimentos.
En todo caso, vamos ligeros de carga. Llamamos a algunos familiares de los Mora para informarles que partiremos hoy por si acaso alguien quiere irse con nosotros. Las comunicaciones están también bastante deficientes…
Podemos aún considerarnos afortunados y hacer estos viajes en los actuales momentos. Para alguien que con su sueldo pudo en 2011 adquirir un carro de segunda mano, como es el caso nuestro, y lograr conservarlo en medio de tantas escaseces, puede esto considerarse un milagro. Lo primero es tener lo necesario para alimentarse, y si algo más se consigue, pues meterle al carro para podernos desplazar: y entonces vienen los requerimientos, que si el aceite para el motor, que si las bujías, la batería, los cauchos, y cualquier reparación que surja, que hoy todo esto de reparaciones y repuestos se tasa en dólares. El 24 de diciembre, por ejemplo, se nos murió una batería que había sobrevivido milagrosamente desde 2014. Gracias a mi hija Adriana, que da clases de inglés a domicilio y el hecho de que algunos alumnos le pagan en dólares, pudimos comprarnos la fulana batería.
Luego, hay que agregar la tarea de ponerle gasolina a la camioneta, haciendo colas de tres o cuatro días (con las consabidas amenazas de aquellos enfurecidos opositores que saben que soy chavista en un territorio que fue la meca del guarimberismo más radical en el occidente del país).
A las 9:45 de la mañana cogemos por la autopista que va a Ejido. Todas las noticias hablan que el “protector de Mérida” Jheyson Guzmán va a buscarle una solución al gran problema de la gasolina, que van a sacar de estos de las estaciones a todos los de la Chamba juvenil que estaban asumiendo provocando caos en la distribución del combustible. Alguien comentó ayer en una de esas colas: “los de las Chambas resultaron chimbos”. También dijo el “protector de Mérida” que se iba acabar el pan de piquito para los llamados VIP que son los que no hacen colas porque surten sus vehículos pagándole en dólares a los dueños de las gasolineras.
Lo cierto es que la ciudad de Mérida se encuentra en un estado muy lamentable. Incluso ayer propuse una consigna en una reunión política, y es que hagamos propaganda para que el turismo en nuestra ciudad se incremente de manera más vigorosa, con un lema que diga por ejemplo: “-Usted no necesita visitar la luna: en Mérida, la ciudad turísticas por excelencia, usted podrá extasiarse visitando y hundiéndose en los más hermosos cráteres jamás vistos, a lo largo de sus tres principales avenidas: Los Próceres, Las Américas y la Andrés Bello…”. Toda una belleza gracias al gobernador adeco que tenemos. “Aquí usted podrá volver al pasado, a LA VENEZUELA DE ANTIER, A aquel tiempo en que éramos felices que no lo sabíamos…”.
La Guardia Nacional revisa nuestra camioneta en la alcabala de Las González, y luego de una breve inspección nos pregunta hacia dónde nos dirigimos. Luego de revisar la tolva, educadamente nos piden perdón por las molestias ocasionadas…, y seguimos nuestro camino.
Mientras conduzco, voy recordando que ayer visité a la Facultad de Ciencias de la Universidad de Los Andes donde trabajé más d veinte años, para dar prueba de que aún estoy vivo, es decir rellenando una planilla llamada “Fe de Vida”, algo que los profesores jubilados debemos hacer los primeros días de cada nuevo año. Encontré esta Facultad en pavoroso abandono: con los estacionamientos para los carros llenos también de cráteres y mucho monte, ideal para un tour en ciencia ficción… Unos carros de la Facultad totalmente desmantelados: sin cauchos ni rines, todo fantasmal, muerto, un erial hacia uno dirigiese la mirada.
Nos detenemos en Lagunillas y compramos tres panelas, cada una a 45.000 BS. Llegamos a Estanques y vemos varias personas pidiendo cola para ir a Los Pueblos del Sur, y comenzamos el largo ascenso de unos tres mil metros, para pasar tres páramos en camino a nuestro destino: Canaguá.
En un punto que va hacia Las Labranzas nos detenemos a tomar del cafecito que llevamos en nuestro termo. Nos ubicamos en el filo de un abismo y mientras libamos nuestro café y masticamos unos trozos de arepas de trigo nos ponemos a contemplar la maravilla de las montañas con sus copetonas nubes blancas en dirección al Sur de Lago, hacia lo más caliente. Abajo, hacia la tierra caliente, todo un milagro de esplendorosos caminos, extensiones inmensas de bosques y laderas perdiéndose en las inmensidades de las fragancias, de los lirios y pinos, de los silencios entre remansos, oquedades y abismos. Se detiene una motocicleta en la que van dos jóvenes que ya habíamos pasado a la altura de Tusta. La moto les viene fallando. Los invitamos a tomar café y nos ponemos a hablar sobre la siembra de café en la zona de San Antonio, hacia donde ellos se dirigen.
Hay tiempo para pensar en tantas cosas en un viaje de casi cinco horas, y entreverado me vienen a la memoria mi amigo Juan Veroes a quien operaron a mediados de diciembre y le extrajeron un tumor cancerígeno que tenía ubicado en la laringe. Lamento que no pude ir a verlo antes de hacer este viaje. Veroes perdió el habla y se comunica sólo por mensajes de texto que va escribiendo en una pizarrita.
El periodista, escritor, politólogo, profesor y luchador social Juan Veroes tiene 80 años, había vivido 34 años con una merideña, pero repentinamente hace un año cambio de pareja: se divorció y luego se enmaridó con otra señora de más o menos su misma edad. Encontrándose convaleciente de la operación (en la cual hubo de extraérsele su laringe) se produjo un rompimiento sentimental, y aquel luchador de mil batallas quedó varado en una UCI del Seguro Social, sin poder coger hacia ningún hogar, el día en el que se le diera el alta. Pasó 24 y 31 de diciembre en el Seguro Social y el 2 de enero, finalmente, un alma caritativa se lo llevó a su casa…
En todo esto voy pensando, cuando a las 1:30 ya nos encontramos en El Valle de la Luna, nuestra casita. Vemos que el verano comienza a ser estragos en nuestra siembra aunque los días se muestran con un brillo sublimemente encantador. Apenas estamos colocando nuestros macutos en nuestra cocina, cuando vemos entrar a la vecina Engracia con un abundante plato de comida desbordante de cambures verdes sancochados, arroz y una buena ración de cochino frito y asadura. Dios, qué grandioso recibimiento. Aquí no pregunta si tienes hambre o si quieres comer, si no que van al ataque y te rodean y te rindes… felizmente. Pocas veces he comido con tanta saña y coraje, y en plenitud de mis cabales, en levantando el ánimo aquellos cambures y cochinos fritos, nos servimos un café, y nos sentamos en el porche a contemplar la grandiosidad del silencio que todo lo dominaba. Porque el cafecito siempre hay que tomárselo sentado y embebido uno mismo en uno mismo.
Le hago una visita al señor Corsino Mora, el gran padre de la aldea, para darle el feliz año y para preguntarle por su salud, por sus hijos, por la recogida del café, por los puercos, la vacas y como estuvieron este año las Pintas. Lo encuentro en el patio afeitándose en el lugar de siempre, ante un espejito aunque no lo necesita porque ya está ciego, pero es la costumbre… Apenas me oye, gira, extiende sus brazos en la dirección en que supone me encuentro y espera el abrazo. Luego aparece su hijo Manuel y nos ponemos a conversar en el corredor, y ahí me entero que el 24 de diciembre falleció el padre de la señora Marcolina (nuera del señor Corsino). Que hubo varios familiares que fallecieron en diciembre y que un muchacho de diez años se ahogó en el pozo de Canaguá, un lugar de esparcimiento al que acude la gente los días 25 de diciembre y el primer día del año nuevo. La cosa estuvo, pues, un poco fúnebre. Hubo otros intríngulis familiares no menos novedosos, pero que no deben registrarlos en este diario, que quedan sólo para nuestro coleto…
Eso, a la familia Mora le extrañó mucho que nosotros no hubiésemos venido ni para el 24 ni el 31 de diciembre, como lo veníamos haciendo desde el 2013. El problema que realmente enfrentamos en esta oportunidad fue el de las largas colas para poder ponerle gasolina a la camioneta.
(Luego de varios intentos, finalmente, decidimos hacer una cola en la estación que está La Mata el día 6 de enero. Nos plantamos allí, el lunes 6 de enero por la madrugada, y fue el martes 7 a las nueve de la noche, cuando de manera milagrosa logramos colocar gasolina. Una cola en medio de un sol tremendo, teniendo que cubrir los vidrios con paños para mitigar el fogonazo de los intensos rayos solares. Teniendo que desayunar, almorzar y cenar mediante viandas que se preparaban en casa y las llevaba al lugar de la cola mi esposa. Con todos esos traumas que implican no tener un lugar dónde hacer las necesidades físicas diarias, y compartiendo con cada cual de los otros compañeros de cola, lo poco que se tiene para comer y beber).
Por la noche nos visitan los hijos del señor Corsino, Enrique y Ángel. Tomamos té de menta y conversamos en la sala hasta casi las 10. Nos enteramos que la perra Solita, durante nuestra ausencia pasó tres días fuera de la casa, prácticamente viviendo donde los Mora.
bajo La Matica / H. Andrade

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